• Las haciendas de los distintos estados europeos se veían, a comienzos de la Edad Moderna, como organismos obsesionados por aumentar el volumen total de ingresos y conseguir limitar el gasto. Sin embargo, muchas veces la Administración se mostraba impotente en su intento de consolidar el poder central frente al señorial y de responder a las cuestiones exteriores, que muchas veces requerían de una diplomacia persuasiva y de un ejército temido, algo que absorbía grandes dotaciones económicas. Además, unidos a los gastos que generaban el mantenimiento del prestigio en el exterior se encontraban los que eran fruto del derroche cortesano y de las acciones de propaganda del monarca entre sus súbditos. Es especialmente significativo el caso de la Monarquía Hispánica en el siglo XVI, puesto que aunaba bajo una misma corona territorios muy lejanos en los que el rey tenía que hacerse presente mediante toda una serie de delegados que nutrían una compleja burocracia.

    Entre los países que se beneficiaban de los gastos de la monarquía de Felipe II podemos destacar Génova, un pequeño estado situado en un lugar estratégico, ya que durante muchos años la Península Ibérica y Flandes estuvieron conectadas a través del llamado “Camino Español” que arrancaba, precisamente, de Génova. Esto explica la presencia de muchos hombres de negocios oriundos de aquel estado Italiano y que supieron sacar buena cantidad de dinero de los reyes hispanos. Así se forjaba una relación entre Génova y la Monarquía Hispánica que va más allá de meros tratos comerciales, detrás de los negocios estaba una relación diplomática que se presentaba como una pesada carga para los Austria.

    Es muy interesante analizar la naturaleza de las relaciones establecidas entre los genoveses y los monarcas hispanos, con los que hubo numerosos negocios financieros que salvaron unas veces y condenaron otras a la Hacienda Real.

    Sin ninguna duda, la demanda de empréstitos por parte del Estado contribuyó al desarrollo de las finanzas. Destaca entre los demás reinados el de Carlos V, estudiado en profundidad por Ramon Carande en su célebre obra Carlos V y sus banqueros. En efecto, el primero de los Austrias recurrió a los financieros (especialmente genoveses y alemanes como los Spínola y los famosos Fugger) para obtener anticipadamente la liquidez necesaria para financiar sus campañas militares, con la garantía de la recaudación fiscal en Castilla y las remesas de plata americana. Estos créditos eran, en realidad, una solución a corto plazo, puesto que con el tiempo suponía un creciente aumento de la deuda pública, elevada por los intereses de los préstamos, y la incapacidad de la Monarquía para hacer frente a los plazos de vencimiento. En época de Felipe II esto se tradujo en varias bancarrotas, es decir, momentos en los que la hacienda real se declaraba insolvente, convirtiendo la deuda flotante en deuda consolidada. La primera declaración de bancarrota se produjo en 1557. Entonces la deuda flotante alcanzaba las dos terceras partes de los ingresos ordinarios de la Corona. La segunda tuvo lugar en 1560 y sólo pudo ser salvada temporalmente. En 1574 Juan de Ovando, presidente del Consejo de Hacienda, demostró que las deudas corrientes alcanzaban 74.000.000 de ducados, mientras que los ingresos previstos para ese año ascendían a 5,6 millones. En 1576 el Estado hubo de declararse de nuevo en quiebra, lo que provocó el colapso económico de Amberes, principal centro financiero de Europa, y la decadencia de las ferias castellanas. De nuevo en 1596 se sobrevino una nueva bancarrota. Sin embargo, la situación no mejoró con el tiempo y la serie de bancarrotas continuó a lo largo del siglo XVII.