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Michel Morineau se preguntó si en realidad hubo una revolución agrícola en Francia durante el siglo XVIII. Esta cuestión tiene dividida a la opinión historiográfica en aquellos que, como Arthur Young, opinan que la agricultura francesa mantuvo su carácter tradicional y atrasado frente a los que opinan, como Toutain, que sí que hubo revolución agrícola. Por supuesto, hay opiniones intermedias, como la de Le Roy Ladurie que hablan de acumulación de pequeños progresos en vez de revolución.

La investigación de Morineau, basada en la estadística de 1840, ponía de manifiesto que las roturaciones habrían posibilitado, a lo sumo, un aumento de la producción paralelo al incremento demográfico. Eso sí, se dio variabilidad dentro de Francia en función de la riqueza del suelo, no porque hubiera un desfase en el avance de las técnicas. Los procesos de sustitución a penas adquirieron trascendencia.
En Sicilia se han estudiado los rendimientos del cereal. En este territorio nos encontramos con una estabilidad de la producción y una escasa variabilidad de los rendimientos. Aymard ha señalado, en este caso, que tomar los datos de los rendimientos de los cereales tradicionales como el único índice de la productividad es erróneo, puesto que, de este modo, se sitúa a esta zona a la altura de la Italia del norte donde sí se habían producido decisivos avances. Aymard destaca que importa más el producto bruto por unidad de superficie, calculado sobre varias cosechas sucesivas y complementarias, que los rendimientos por hectárea. Se insiste más en la diversificación que en la producción.

Le Roy Ladurie sostiene que el producto agrícola aumentó entre un 25% y un 40%, entre 1700-1709 y 1780-1789. Morineau no admite estos datos para hablar de un crecimiento verdadero durante el XVIII, basándose en la insuficiencia de los rendimientos para hablar de un crecimiento del producto agrícola per cápita. Hace falta una teoría del crecimiento que vaya más allá de los rendimientos. Una teoría que debe incluir la productividad del capital y del trabajo, el nivel de especialización regional y de integración del mercado interior, el comercio internacional, la inversión y el consumo. Labrousse afirma que se puede obtener otra lectura de las afirmaciones, ciertas, de Morineau y es que el hecho de que los rendimientos se mantuvieran estables significa un progreso.

Usando indicadores indirectos, es posible afirmar que las agriculturas europeas del siglo XVIII no se mantuvieron estancadas en el conservadurismo, o por lo menos no siempre. Hubo lugares donde se llevaron a cabo procesos de cambio.
La agricultura francesa no fue de las más avanzadas de Europa. Las explicaciones para su aparente falta de dinamismo radican en su elevada población, ya desde la Edad Media. Para sostener a tantos habitantes se necesitaban grandes superficies puestas en cultivo, por lo que el crecimiento por la vía extensiva quedaba limitado ante las pocas posibilidades de expansión física de la agricultura. Esto se unía a los bajos rendimientos, la falta de capitales, el uso de técnicas rudimentarias y el desinterés en el progreso agrario de los terratenientes rentistas.

Tomando de nuevo los datos de Le Roy Ladurie podemos afirmar que la población creció menos que la producción agraria, puesto que la primera lo hizo en un 20% y la segunda, como se señala al inicio, entre un 25 y un 40%. Parece que el modelo francés no fue puramente extensivo sino que el retroceso del barbecho, la sustitución de cultivos, la extensión del viñedo y de otros cultivos comerciales jugaron un importante papel. Si bien, el retroceso del barbecho tuvo un alcance limitado a las tierras más ricas del norte, en general, se sabe que, para 1840, el 27% de las tierras de labor estaban en barbecho.

En cuanto a la introducción del maíz, tuvo como repercusión el aminoramiento de las crisis de subsistencia, por otro lado, era consumido por familias campesinas para su subsistencia. Bien conocido es el caso gallego, donde el maíz llegó a sobrepasar a todos los demás granos. Sin embargo era considerado como un cereal inferior y su consumo se limitaba a las familias más humildes. Algo similar ocurrió en otros territorios europeos.

Como conclusión, resaltaré que hay un gran número de estudiosos que se oponen a la utilización del término “revolución” para hablar de los cambios o progresos agrarios que se produjeron en el continente europeo y que arrancaron mucho tiempo atrás. Por ejemplo, uno de los cultivos más antiguos y dinámicos, la vid, se difundió por toda la Europa mediterránea y central. Se plantó en aquellas zonas donde las condiciones climáticas y edafológicas lo permitía y donde existían buenas comunicaciones para el comercio. La vid, como cultivo esencialmente orientado al mercado, se convirtió en un poderoso instrumento de crecimiento agrario.

Además de la vid, la demanda ciudadana en las regiones agrícolas próximas a las grandes ciudades contribuyó a la dinamización de la agricultura. La comercialización de la producción condujo a la especialización productiva y una progresiva integración en el mercado interior.

Ante estos datos, es difícil catalogar de “revolucionaria” a la agricultura europea de finales de la Edad Moderna. Aunque se introdujeron cambios y se vivió un mayor dinamismo, no es acertado el término “revolución” y, personalmente, considero más apropiado el de “evolución”.

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